LIBROS Y CABALLOS, CABALLOS Y LIBROS

Por D. Manuel Pimentel Siles
Artículo aparecido en nuestra revista "El Hispano-árabe" nº 5

Aunque todavía a algunos pueda sor prenderle la afirmación, el caballo y el libro se quieren, el caballo y el libro se entienden, el caballo y el libro se necesitan. Dos mundos tan aparentemente antagónicos, como el del caballo y el libro, mantienen, sin embargo, un noviazgo de fascinación compartida desde hace muchos siglos. El amante del caballo goza con los libros que lo cantan y describen, el amante del libro disfruta con los de temas ecuestres. Tanto el caballo como el libro son hermosos. Y como sujetos de belleza, ambos mundos necesariamente se atraen y complementan.

Se nos podría replicar afirmando que el mundo del caballo procede del mundo rural, y que en el campo nunca se leyó. Falso. Es verdad que, desgraciadamente, en muchas épocas el analfabetismo imperó en el agro. Pero también es verdad que desde la más remota antigüedad las escuelas ecuestres florecieron, y los maestros jinetes asombraron con sus capacidades. Allá donde no llegaba el libro lo hacía la tradición y la cultura oral. Ahora, afortunadamente, la cultura se ha extendido hasta la última aldea, y raro es el aficionado al caballo que no posea una pequeña biblioteca, por modesta que sea.

“Todas las culturas cantaron a sus caballos. La humanidad y sus civilizaciones se expandieron a sus lomos:’

Porque el libro y el caballo no sólo son belleza; también son cultura. Intelectuales, escritores, pintores, poetas... Todos lo cantaron y ensalzaron. Hemos visto al caballo hermoseando cuadros, inspirando poemas, señoreando plazas como esculturas. Todas las culturas cantaron a sus caballos. La humanidad y sus civilizaciones se expandieron a sus lomos. Fueron dibujados en pinturas rupestres en las penumbras de las cavernas, fueron modelados en barro en la antigua sumeria, fundidos en bronce y hierro desde el inicio de la edad de los metales. La fascinación entre el hombre y el caballo se pierde en la noche de los tiempos. Primero fue considerado como codiciada pieza de caza para después, en algún remoto lugar de las infinitas estepas asiáticas producirse el milagro que transformaría nuestra historia, el comprobar que el caballo podía ser domado y que el hombre podía competir con el viento cabalgando sobre ellos. El caballo se convirtió durante miles de años en el principal medio de transporte y en la más poderosa arma de guerra. Pero incluso en este periodo de relación utilitarista del animal por el hombre, el caballo fue cantado y pintado. Salvo el perro, ningún otro animal logró tener una relación tan estrecha con el hombre. Durante miles de años los caballos fueron seleccionados según sus aptitudes y actitudes. Aparecieron y desaparecieron razas, hasta el punto que hubo un animal para cada clima, para cada faena. Y desde la Edad Media los libros comenzaron a recoger su belleza y utilidad. Y el título de caballero - hombre que monta a caballo - apareció como sinónimo de nobleza.

Desde hace un siglo, el caballo perdió en gran parte del mundo su utilidad básica como medio de transporte y de instrumento de guerra. Trenes, automóviles, aviones son mucho más rápidos que el más poderoso de los caballos. Parecería, por tanto, que el mundo del caballo estaría llamado a desaparecer. Si ya no era útil para la humanidad, ¿para qué mantenerlo? Pues quién así pensaban olvidaban el enamoramiento existente entre el hombre y el caballo. Ya no serviría para el transporte, el tiro o la guerra, pero sí para el deporte, el esparcimiento, el ocio, el espectáculo y, como siempre, la cultura. La afición al caballo está creciendo con fuerza en estos últimos años, la edición de libros de temas ecuestres se ha multiplicado. La afición al caballo, lejos de languidecer, se ha refortalecido, y según todos los indicios lo seguirá haciendo en el futuro.

Y el libro siempre lo acompañará. Cualquier revista ecuestre que se precie tiene su sección de libros, cualquier feria o exposición hípica su librería, cualquier centro hípico su biblioteca. No lo olvide. Libros y caballos, caballos y libros... ¿se le ocurren mejores compañeros para el camino? A mí, desde luego, no. Por eso, edito libros y crío caballos, una combinación digna de dioses.

Que siga siendo nuestra tierra lugar de caballos y libros. Como desde siempre, cuando en el origen de los tiempos el céfiro fecundó al Guadalquivir, que engendró en sus marismas al caballo andaluz. Ese que aún siguen cantando los poetas.